lunes, 28 de julio de 2025

Fidelidad en tiempos de ruina.

  Hay personas que creen que el miedo ha sido el motor principal de la fe durante siglos. Y que muchos se convierten solo por temor al infierno. Es verdad que el miedo ha sido a veces mal usado, incluso dentro de la Iglesia. Pero el miedo no tiene la última palabra. Porque el amor es más fuerte. La fe auténtica no nace del temor a ser castigado, sino del asombro ante un Dios que se ha hecho uno de nosotros. 

  La fe no es una coartada para someter conciencias ni un refugio para los frágiles. Es un acto libre. Es una relación que transforma. Es una llamada profunda a salir de uno mismo. Y no para quedar atrapado en teorías religiosas o normas vacías, sino para vivir en la verdad, incluso cuando cuesta. 

  A veces se piensa que la Iglesia es una maquinaria vieja y autoritaria. Que ya no sirve. Que hay que tirarla abajo y empezar de nuevo. No faltan motivos para criticar errores del pasado y del presente. Lo sabemos. Y quienes estamos dentro lo sufrimos en carne propia. Pero no se ama lo que no se conoce. Y no se construye desde la rabia. 

  La Iglesia no es perfecta. Está formada por pecadores. Por heridos. Por gente con miedo, sí. Pero también por santos, por testigos, por personas que se dejan cambiar desde dentro. Personas que no usan a los pobres, sino que viven con ellos. Personas que no manipulan la verdad, sino que se dejan corregir por ella.

  Jesucristo no vino a fundar una ideología. Ni a montar un aparato de control. Ni a ser un símbolo para usar en discursos progresistas o conservadores. Vino a dar su vida. A cargar la cruz que nadie quería. A abrazar al que no merecía ser perdonado. A enseñarnos que el amor es más fuerte que el pecado. 

  Y eso no se transmite solo con palabras, ni con arengas incendiarias, ni con sarcasmos disfrazados de lucidez. Se transmite con el testimonio. Con la coherencia de vida. Con el coraje de seguir creyendo cuando todo parece derrumbarse. Con la fidelidad que no se rinde aunque todo invite a rendirse. 

  Creer hoy no es fácil. Amar a la Iglesia tampoco. Pero es más difícil vivir sin verdad, sin raíces, sin sentido. Podemos criticar. Podemos proponer cambios. Podemos alzar la voz. Pero no desde fuera. No desde el desprecio. Sino desde el corazón. Desde la fe que se duele, pero no huye. Desde la esperanza que no se compra ni se vende.   

  No estamos solos. Nunca lo hemos estado. Y quien se anima a mirar con ojos limpios descubre que sigue habiendo fuego. Bajo las cenizas. Entre ruinas. En los pobres. En los santos escondidos. En la Palabra que sigue ardiendo. Y en una Iglesia que sigue siendo madre, no porque no se equivoque, sino porque sigue engendrando vida.


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