El fundamento ético que suele presentarse como la más alta motivación de un saber universitario orientado al bien de las personas corre el riesgo de reducirse a una formalidad moral sin sustancia ontológica si no se ancla en la ley natural como expresión de la razón participada del orden divino. Desde la perspectiva de la moral cristiana, no basta con afirmar que el conocimiento científico debe estar al servicio de las personas; es necesario discernir qué significa realmente servir al hombre si no se reconoce antes quién es el hombre en su verdad más profunda. Esta verdad no se deduce meramente del consenso ético ni de una sensibilidad cultural, sino que se revela en el ser mismo de la criatura racional, creada a imagen y semejanza de Dios. La ley natural, inscrita por el Creador en el corazón del hombre, no es una simple norma externa, sino la iluminación de la razón por la verdad del ser. Su asimilación no solo orienta el obrar, sino que estructura el modo mismo de comprender y desarrollar la ciencia como camino hacia el orden verdadero de las cosas.
La afirmación del Evangelio de Jesucristo no es una moralidad que se añade a la ética natural como un suplemento religioso, sino una revelación plena del sentido último de la ley y la gracia. La ley natural encuentra en Cristo su plenitud, porque Él es el Logos que da inteligibilidad al mundo y a la historia. La ciencia, en cuanto ejercicio de la razón humana, participa de ese Logos y por tanto no puede ser regida únicamente por criterios éticos externos, sino por una conversión interior del entendimiento hacia la Sabiduría eterna. En este sentido, la teodicea cristiana no se limita a justificar la existencia de Dios ante el mal o la finitud, sino que pone en evidencia que sin Dios no hay verdadera razón del hombre ni del cosmos. La ciencia se degrada cuando se separa de su fundamento último, que es el Bien que la ley natural prefigura y que el Evangelio revela como amor crucificado. No es el valor ético el que salva a la ciencia, sino la verdad del ser que la trasciende y la funda.
La formación universitaria que no cultiva esta docilidad a la ley natural corre el peligro de fomentar una tecnocracia ética, donde el saber se dirige a fines supuestamente buenos, pero sin criterio último de bien verdadero. En cambio, cuando el entendimiento se forma en la humildad de quien reconoce que hay una ley anterior a todo proyecto humano, entonces la ciencia se convierte en camino de sabiduría. La moral cristiana no propone simplemente hacer el bien, sino configurarse con la Verdad que es Cristo, lo cual implica recibir la creación como don y no como materia neutra para manipular. Así, la educación superior deja de ser un medio para fabricar expertos éticos y se convierte en escuela de humanidad teologal, donde la razón encuentra su medida en la gracia, y la acción científica su vocación en la comunión con la voluntad divina. Esto es lo que verdaderamente honra al hombre: no que se le sirva desde el saber, sino que ese saber se ordene al Dios que le ha creado y redimido.
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