viernes, 27 de diciembre de 2024

El Extraño del Ascensor

Quizá, en ese momento reñido entre el frío y la tensión, un pensamiento misterioso cruzó la mente de Samuel, como un eco distante que resonaba desde lo alto, advirtiendo sobre los caminos torcidos y las consecuencias que estos siempre traen consigo.

viernes, 20 de diciembre de 2024

La fuerza de la amistad.

En una pequeña aldea junto a un bosque tan frondoso que parecía un susurro de otro mundo, dos amigos se embarcaban en una aventura que prometía cambiarlo todo. Diego, siempre soñador, veía en cada rincón una historia esperando a ser contada. Omar, con una curiosidad que nunca se apagaba, sentía en el aire el llamado a descubrir lo imposible. Juntos cruzaron el umbral del bosque, un lugar que parecía haber salido directamente de las páginas de un cuento, donde cada sombra escondía un misterio y cada rayo de luz prometía una verdad por revelar.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

La libreta de Clara.

Clara tenía un refugio secreto: una libreta de tapas gastadas donde anotaba preguntas que parecían no tener respuesta. "¿Por qué hay tanto sufrimiento?", "¿Tiene sentido la fe si no cambia el mundo?", "¿Dios escucha o sólo guardamos silencio para llenar el vacío?". A sus dieciséis años, no se consideraba atea, pero tampoco lograba abrazar del todo la fe que sus padres le habían transmitido con amor y devoción. Había algo que la inquietaba, una grieta entre lo que le decían y lo que ella sentía.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Susurros del Espíritu de Libertad.

En lo más profundo del bosque, los árboles susurraban al viento. Las sombras se mezclaban con la luz, creando un espectáculo tranquilo y eterno. Allí habitaba un Espíritu lleno de vida, cuya existencia no estaba sujeta al tiempo. Procedía del Señor y había estado presente desde el principio, junto al Padre y al Hijo. No era un simple habitante del bosque. Su ser era eterno, sin principio ni final. Irradiaba justicia y misericordia, una luz que atraía a quienes buscaban redención. No había muros ni puertas que delimitaran su morada. Su presencia lo abarcaba todo, como una brisa suave que reconfortaba.

viernes, 13 de diciembre de 2024

Preparándonos para la venida del Señor.

 Queridos jóvenes en la fe en Cristo Jesús,

Estamos en un tiempo especial, el Adviento, una etapa de preparación y espera activa. No es una espera pasiva, como cuando aguardamos el autobús, sino una espera que nos impulsa a actuar, a abrir el corazón y las manos. Este es el momento de mirar hacia dentro y hacia arriba, hacia nosotros mismos y hacia Dios, ese Otro con mayúsculas que nos llama constantemente a salir de nuestras comodidades y caminar hacia Él, y a salir en ayuda del otro, del hermano necesitado.

La moral cristiana no es una lista de mandatos fríos o normas sin vida. Es una invitación a vivir en el amor verdadero, ése que empieza por conocer a Dios y se traduce en gestos concretos hacia los demás. Es pensar: ¿cómo puedo reflejar Su amor en mi día a día? ¿Cómo puedo ser signo de Su presencia en el mundo?

Ahora, en este tiempo fuerte de la liturgia, en Adviento, nos propondremos a cultivar la esperanza en nuestro corazón, porque sabemos que Él viene. ¿Y cómo viene? Viene en el rostro del hermano que sufre, en el amigo que necesita apoyo, en el desconocido que busca ayuda, y en la celebración comunitaria y fraternal de la presencia real de Jesús en la misa, en el Santísimo Sacramento y fuente del resto. Cada vez que respondemos al llamado de Dios, estamos respondiendo con un “hágase” a Dios. Este tiempo nos recuerda que nuestra vida no nos pertenece del todo: es un don que cobra sentido cuando lo compartimos.

Os invito a ser protagonistas de este lindo tiempo, en el que esperamos el nacimiento del Niño Jesús. No basta con encender velas en la corona de Adviento si no encendemos también nuestra vida en la luz de Cristo. La verdadera espera se vive sirviendo, amando, perdonando y buscando aquello que trasciende. Este es el desafío: vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo.

No os quedéis en lo pequeño, no os conforméis con el mínimo. Dios nos llama a amar con todo nuestro ser, a ser esa luz que ilumina los rincones oscuros del mundo. Este Adviento puede ser diferente si os dejáis transformar por Él. Al final, lo que nos mueve no es solo el compromiso moral, sino el deseo profundo de responder al amor infinito de Dios con nuestra propia vida, y con ello poder disfrutar de su presencia aquí perdonando al hermano y en la vida eterna tras la parusía del Señor.

Esperemos juntos, con alegría y decisión, a Dios que viene a buscarnos, una y otra vez, porque nos ama sin medida, como criaturas suyas que somos, y por su Hijo también hijos.

Con todo mi afecto fraternal en Cristo, gracias por confiar.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

El Extraño del Ascensor

 

"Ay de ellos, porque siguieron el camino de Caín y se lanzaron al error de Balaam por recompensa, y perecieron en la rebelión de Coré." (Judas 1:11)

El ascensor crujió con un gemido metálico mientras ascendía por los pisos del antiguo edificio, un coloso de piedra ennegrecida por los años. Samuel ajustó su abrigo, sintiendo el aire gélido que parecía filtrarse incluso en ese espacio cerrado. Era un edificio que evitaba siempre que podía, con su arquitectura gótica que parecía mirar desde lo alto como un juez implacable. Pero esa noche, la tormenta lo había forzado a refugiarse en ese lugar y a aceptar su único transporte hacia la cima: el vetusto ascensor.

Cuando las puertas se cerraron, un extraño subió detrás de él. Era un hombre de rostro pálido y ojos profundos, con una sonrisa que no llegaba a sus labios. Vestía una chaqueta negra raída, y en sus manos llevaba un libro envejecido, de cubierta desgastada, como si lo hubiera leído miles de veces.

El ascensor comenzó su ascenso, pero pronto se detuvo entre pisos con un estremecimiento. Las luces parpadearon, y una penumbra inquietante llenó el espacio.

—No se preocupe —dijo el extraño con voz pausada, que resonaba como un eco en una iglesia vacía—. A veces, detenerse es necesario.

Samuel tragó saliva y asintió, intentando evitar la mirada del hombre. El silencio se prolongó, pero el extraño no parecía preocupado. Abrió su libro con parsimonia y comenzó a leer en voz alta:

—"Estos son manchas en vuestros ágapes, que sin temor alguno se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados."

Samuel reconoció el pasaje. Era del libro de Judas. La familiaridad de las palabras no le ofreció consuelo; al contrario, algo en el tono del extraño le erizó la piel.

—¿Es usted creyente? —preguntó el hombre, alzando la vista hacia Samuel.

—Fui... alguna vez. —Samuel desvió la mirada, incómodo—. Pero no sé si aún lo soy.

El extraño asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. Cerró el libro y lo sostuvo con ambas manos, como un juez sostendría un acta condenatoria.

—Es curioso cómo la fe es como este ascensor. A veces sube, otras veces se detiene, y con frecuencia parece que no lleva a ninguna parte. Pero, al final, todo depende de quién lo maneje.

Las palabras resonaron en la mente de Samuel. No pudo evitar pensar en los errores de su vida, en las veces que había elegido el camino fácil, el egoísta, dejando a otros sufrir por sus decisiones. Había traicionado amigos, abandonado responsabilidades, y, sobre todo, se había apartado de la luz de Dios, seducido por placeres efímeros.

El ascensor crujió nuevamente, como si una fuerza invisible lo empujara hacia adelante. Las luces volvieron a parpadear, pero esta vez, Samuel notó algo extraño. Las paredes parecían más altas, más oscuras, cubiertas de inscripciones apenas visibles. Una figura, como una sombra alargada, parecía danzar al ritmo de los destellos.

El extraño continuó:

—"A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aún la ropa contaminada por su carne."

Samuel sintió que sus manos temblaban. Las palabras parecían dirigidas directamente a él. No podía huir de ese espacio ni de esa mirada penetrante. Fue entonces cuando el hombre habló, con una voz que se tornó más grave, como un eco profundo:

—Has caminado demasiado tiempo entre las nubes sin agua. Pero aún hay tiempo. Incluso Judas tuvo su elección. Incluso tú puedes elegir.

Las puertas del ascensor se abrieron de repente. Samuel estaba de pie en el vestíbulo del último piso. El extraño ya no estaba, pero el libro había quedado en el suelo. Lo levantó con manos temblorosas y leyó las últimas palabras destacadas en una página en las que se podían leer: "...al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre, ahora y por todos los siglos... amén, amén, amén."

Desde ese día, Samuel nunca volvió a ignorar su fe, acrecentandola desde la oración, la celebración de los sacramentos y la comunión eclesial. Entendió que, como en el ascensor, la vida podía detenerse en cualquier momento, pero siempre habría un extraño dispuesto a recordarle que la misericordia divina estaba al alcance de quien quisiera aceptarla.



Escucha, unidad y Espíritu: siete réplicas tomistas a León XIV

La homilía del Papa León XIV en la apertura del Capítulo General de los agustinos (1 de septiembre de 2025) ha dejado frases luminosas: escu...