El fundamento ético que suele presentarse como la más alta motivación de un saber universitario orientado al bien de las personas corre el riesgo de reducirse a una formalidad moral sin sustancia ontológica si no se ancla en la ley natural como expresión de la razón participada del orden divino. Desde la perspectiva de la moral cristiana, no basta con afirmar que el conocimiento científico debe estar al servicio de las personas; es necesario discernir qué significa realmente servir al hombre si no se reconoce antes quién es el hombre en su verdad más profunda. Esta verdad no se deduce meramente del consenso ético ni de una sensibilidad cultural, sino que se revela en el ser mismo de la criatura racional, creada a imagen y semejanza de Dios. La ley natural, inscrita por el Creador en el corazón del hombre, no es una simple norma externa, sino la iluminación de la razón por la verdad del ser. Su asimilación no solo orienta el obrar, sino que estructura el modo mismo de comprender y desarrollar la ciencia como camino hacia el orden verdadero de las cosas.