miércoles, 3 de septiembre de 2025

Escucha, unidad y Espíritu: siete réplicas tomistas a León XIV

La homilía del Papa León XIV en la apertura del Capítulo General de los agustinos (1 de septiembre de 2025) ha dejado frases luminosas: escuchar al Espíritu, vivir la unidad, practicar la humildad. Todo ello bajo el signo de Pentecostés. El lenguaje es cálido, pastoral y motivador. Sin embargo, un tomista de la vieja escuela levantaría la ceja y recordaría que la gracia no camina sola, sino que perfecciona lo que ya existe. La homilía, con su tono evangélico y comunitario, necesita —quizá— una corrección de rumbo para no deslizarse hacia el espiritualismo. He aquí siete bases tomistas que nos ayudan a equilibrar el entusiasmo con la verdad.

1. Gracia y naturaleza

El Papa habló del Capítulo General como “momento de gracia”. Nadie lo discute. Pero santo Tomás nos recuerda: gratia non tollit naturam, sed perficit. El Capítulo no es solo un éxtasis espiritual; es un acto jurídico con normas, votos, deliberaciones y decisiones vinculantes. Si olvidamos la naturaleza institucional y canónica, la gracia queda suspendida en el aire. La fidelidad al Espíritu se mide también en la seriedad con que se cumplen estatutos y constituciones.

2. El Espíritu actúa con mediaciones

León XIV citó a Dídimo el Ciego sobre la efusión “abundante e irresistible” del Espíritu. Hermosa imagen, sí, pero peligrosa si se absolutiza. Santo Tomás es más prudente: el Espíritu actúa siempre per causas secundas, a través de ministros, sacramentos y jerarquía. No hay acción irresistible que prescinda de mediaciones. Quien cree que el Espíritu lo arrastra sin mediación corre el riesgo del quietismo. La efusión es real, pero se encarna en lo concreto: en un confesor, en una norma, en la liturgia de la Iglesia.

3. La escucha no basta

El Papa insistió en la “escucha a Dios, a los hermanos y a las circunstancias”. Correcto, pero incompleto. Escuchar sin norma objetiva puede degenerar en relativismo. Para santo Tomás, la verdad revelada es el punto de referencia: fides ex auditu, sí, pero audito verbo Dei, no solo opiniones cruzadas. El magisterio eclesial no es una voz más en la conversación: es la regla próxima de la fe. La escucha se ilumina en la medida en que remite a la Palabra divina custodiada por la Iglesia.

4. Unidad no es consenso

El Papa presentó la unidad como lenguaje universal: “La verdadera lengua común es la unidad en el Cuerpo de Cristo”. San Agustín lo dijo, sí, pero santo Tomás completaría: la unidad no se reduce a sentirnos hermanos, sino a confesar una misma fe. El Symbolum fidei es el auténtico idioma de Pentecostés. El peligro está en confundir la unidad con consenso o afecto comunitario. Sin dogma no hay communio.

5. Humildad y autoridad

León XIV exhortó a que “nadie piense que tiene todas las respuestas”. Bien, pero la humildad no puede vaciar la autoridad legítima. En la Iglesia hay grados de magisterio y oficios concretos: el obispo, el Prior General, el mismo Papa. Santo Tomás recuerda que la humildad ordena la persona a la verdad, no a la falsa igualdad. La deliberación fraterna no elimina la asimetría de responsabilidades. Una comunidad donde todos hablan igual, pero nadie obedece, se convierte en asamblea parlamentaria, no en capítulo religioso.

6. La caridad necesita la verdad

León XIV citó a Agustín: la señal del Espíritu es el amor a la unidad. Pero santo Tomás matiza: caritas es “forma virtutum”, pero orientada siempre al verum bonum. El amor sin verdad degenera en sentimentalismo. Una unidad basada en la mera cordialidad no basta. El verdadero criterio de autenticidad es la caridad enraizada en la verdad revelada. Como diría Benedicto XVI siglos más tarde: caritas in veritate.

7. El fin último: la salvación

La homilía cerró hablando del bien de la Orden, de la Iglesia y del mundo. Una formulación noble, pero tomísticamente incompleta. El fin último no es simplemente “el bien común humano”, sino la gloria Dei y la salus animarum. Esta es la teleología que da sentido a todo capítulo, a toda reforma y a toda deliberación. Sin esa referencia, el discurso queda horizontal, socializante, más cercano a una ONG que a una comunidad de consagrados.



Epílogo

El Espíritu sopla donde quiere, pero nunca fuera de los cauces que Él mismo ha establecido en la Iglesia. Si el acento de León XIV se inclina hacia la escucha, la humildad y la unidad, ello responde a un tono claramente agustiniano: la experiencia interior del Espíritu, la centralidad de la comunidad y la llamada constante a la conversión del corazón. Sin embargo, el tomismo aporta la necesaria contrapartida: la gracia que perfecciona la naturaleza, el orden de la verdad objetiva, la mediación de los sacramentos y del magisterio como garantías de autenticidad.

Entre ambos enfoques no hay ruptura, sino tensión fecunda. El neoagustinismo recuerda la primacía del amor y de la comunión, el neotomismo insiste en la primacía de la verdad y del orden. Unidas, ambas corrientes muestran que la caridad sin verdad se disuelve en subjetivismo, y que la verdad sin caridad se enfría en abstracción.

El obispo de Roma, León XIV, sustituto del apóstol San Pedro, alienta a los agustinos a caminar bajo el signo de Pentecostés. La recepción tomista de su mensaje asegura que este ardor no se quede en entusiasmo pasajero, sino que se encarne en disciplina, en dogma y en la búsqueda de la salvación eterna para la gloria de Dios.






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