miércoles, 18 de diciembre de 2024

La libreta de Clara.

Clara tenía un refugio secreto: una libreta de tapas gastadas donde anotaba preguntas que parecían no tener respuesta. "¿Por qué hay tanto sufrimiento?", "¿Tiene sentido la fe si no cambia el mundo?", "¿Dios escucha o sólo guardamos silencio para llenar el vacío?". A sus dieciséis años, no se consideraba atea, pero tampoco lograba abrazar del todo la fe que sus padres le habían transmitido con amor y devoción. Había algo que la inquietaba, una grieta entre lo que le decían y lo que ella sentía.

Para Clara, la religión era como un espejo al que no quería mirar demasiado, temiendo encontrar más preguntas que certezas. Asistía a las reuniones de la pastoral juvenil porque su madre insistía, pero lo hacía con el desgano de quien sube una colina que no sabe si quiere conquistar. El mundo a su alrededor estaba lleno de injusticias, y ella sentía que la oración no era más que un susurro perdido entre tantos gritos de dolor.

Esa tarde, sin embargo, algo fue distinto. Don Rafael, el párroco, encendió una vela en el centro de la sala, colocándola sobre una mesa baja. Lo hizo para crear un ambiente de recogimiento, invitando a los jóvenes a centrarse en la reflexión. La llama temblorosa proyectaba sombras que danzaban por las paredes, como si quisieran recordarles que la luz siempre convive con la oscuridad.

—Hoy quiero que reflexionemos sobre una pregunta: ¿cómo puede nuestra fe transformar nuestras vidas y las de los demás? —dijo, con la serenidad de alguien que había aprendido a encontrar respuestas en el silencio—. Y no sólo con acciones, sino también con la oración.

Clara torció el gesto. Le parecía que hablar con Dios no cambiaba el hambre del mundo ni las injusticias. Pero don Rafael, con paciencia, continuó:

—Orar es un encuentro, una manera de abrir el corazón para dejar que Dios actúe en nosotros. Cuando rezamos, no estamos comprando acciones a Dios, no es una negociación; estamos permitiendo que Él nos cambie a nosotros, un cambio que afecta al corazón no sólo de cada uno de nosotros, sino de toda la comunidad. Una pequeña oración, una llama encendida, puede ser el principio de algo más grande.

Esa noche, mientras todos dormían, Clara se sentó en la ventana de su habitación con la libreta sobre las piernas. El silencio de la casa la envolvía, roto únicamente por el susurro del viento. Pasó los dedos sobre las páginas llenas de preguntas y, en lugar de escribir una nueva, volvió a leer una de las antiguas: "¿Tiene sentido la fe si no cambia el mundo?"

Cerró los ojos y recordó la voz serena de don Rafael. “Orar es un encuentro”, había dicho. “Es como abrir el corazón para dejar que Dios actúe en nosotros”. Clara se preguntó si había cerrado su corazón, si las preguntas que llenaban aquella libreta eran barreras que ella misma había levantado para no dejar entrar respuestas.

¿Qué pasa si intento escuchar?, pensó. Era una idea que le daba miedo, pero también curiosidad. Decidió que al día siguiente, intentaría algo nuevo. No sabía exactamente qué, pero algo.

Al amanecer, cuando iba camino al instituto, esa chispa todavía seguía allí, débil pero presente. Entonces la vio: la vecina mayor de su edificio, luchando por cargar unas bolsas pesadas. Clara se detuvo en seco, con un debate en su mente.

¿Si Dios realmente está en todas partes, entonces también está aquí, en este momento?, pensó. Pero una parte de ella resistía. ¿Y si esto no cambia nada? ¿De qué sirve un pequeño gesto? Se acordó entonces de algo que don Rafael había dicho: “Lo que hacemos por los demás tiene más sentido cuando estamos con Dios”. Sin saber si estaba del todo preparada, dio un paso adelante y habló.

—¿Necesita ayuda, señora? —preguntó, intentando sonar segura.

La anciana levantó la mirada, sorprendida, y luego sonrió con un alivio que parecía iluminar su rostro.

—Gracias, hija. No sé cómo habría llegado sin ti.

Mientras la ayudaba a cargar las bolsas, Clara notó algo extraño: una paz inesperada que llenó el vacío que tantas veces había sentido. Era como si aquel simple acto de bondad hubiera abierto una puerta en su interior. ¿Esto es de lo que hablaba don Rafael?, pensó. No tenía respuestas claras, pero por primera vez, no sentía la necesidad de llenar el silencio con preguntas.

Esa noche, en la cena, su madre le sonrió cálidamente.

—Hoy ayudaste a doña Margarita, ¿verdad? Ella me lo dijo. Qué bien, hija.

Clara levantó la mirada, algo sorprendida.

—¿Doña Margarita?

—Sí, la vecina del tercero. Es una mujer increíble. Hace años trabajaba como maestra de primaria, y hasta organizó una biblioteca para los niños del barrio cuando no teníamos una cerca. Pero últimamente está un poco sola; perdió a su esposo hace poco y sus hijos viven lejos.

Clara escuchó con atención. Nunca habría imaginado algo así de aquella anciana. Algo dentro de ella se movió al saber más sobre su vecina.

Al día siguiente, Clara decidió saludar a doña Margarita al cruzársela en el portal. Mientras la ayudaba a subir unas bolsas, se atrevió a preguntar:

—¿De verdad organizó una biblioteca?

Doña Margarita sonrió, ajustándose las gafas.

—Sí, aunque fue hace muchísimos años. Mis hijos eran pequeños, y yo tenía algo más de vitalidad, solía caminar largas distancias sin cansarme y reír con más frecuencia, como si el tiempo nunca fuera un límite. ¿Sabes? - prosiguió Margarita – durante todo el día mi cuerpo respondía a cualquier desafío sin titubear, y mira dónde llegamos con el paso del tiempo. Siempre decía que un libro es un puente, y que cuanto más lejos llegue, mejor. Claro, entonces creía que iba a cambiar el mundo desde mi sala. La juventud es así, hija, llena de sueños grandes. Y si de algo estoy segura es de que nunca cambiaría ni un solo día de esos.

Clara notó una chispa en los ojos de Margarita, como si los recuerdos le devolvieran algo de la fuerza que el tiempo había desgastado. Mientras hablaban, Clara se sintió extrañamente cómoda. Cuando finalmente la ayudó a entrar en casa, Margarita tomó su mano.

—Gracias, hija. La bondad es como una semilla. Nunca sabes dónde puede echar raíces, pero siempre vale la pena sembrarla.

Esa noche, Clara volvió a intentar orar, conversar con Dios, pero esta vez no le pidió respuestas. Simplemente habló, como si estuviera contando su día a alguien que la comprendía.

—Hoy ayudé a Margarita —murmuró—. No sé si hice mucho, pero quiero creer que esto es lo que significa amar. Si estás ahí, espero haberlo hecho bien.

Al día siguiente, en una reunión en la parroquia, don Rafael habló sobre organizar una visita a un geriátrico. Clara, aunque dudó al principio, finalmente aceptó. Durante la visita, una mujer mayor le tomó la mano y le dijo:

—Gracias por venir. A veces basta con que alguien nos escuche para sentirnos vivos.

Clara sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de duda. Era una emoción que no lograba explicar, pero que llenaba el vacío que antes había sentido.

Esa noche, frente al Sagrario, Clara volvió a sentarse. El suave resplandor de la luz del Santísimo llenaba la iglesia con una calma indescriptible. En sus manos tenía la libreta, abierta pero sin escribir. Cerró los ojos y susurró:

—No entiendo todo, y tal vez nunca lo haré. Pero si me muestras cómo, quiero seguirte. Quiero aprender a amar, incluso cuando no tenga fuerzas.

Abrió los ojos y su mirada cayó sobre una estantería de libros junto a la sacristía. Un folleto sencillo llamó su atención: “Grado Universitario en Ciencias Religiosas. Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Facultad de Teología”. Clara lo tomó con cuidado y pasó los dedos por las palabras impresas.

No sabía si sería algo inmediato o si aún le faltaban cosas por aprender antes de tomar esa decisión, pero el hecho de que estuviera allí, al alcance de su mano, la llenó de una calma nueva. "Tal vez no necesito correr", pensó, guardando el folleto en su bolso. "Sólo seguir caminando."

Al salir al aire fresco de la noche, Clara miró al cielo estrellado y sonrió levemente. No era una sonrisa de certeza, sino de esperanza. Sabía que su camino apenas comenzaba, y que habría días buenos y malos. Pero por primera vez, eso no la asustaba.





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