miércoles, 11 de diciembre de 2024

El Extraño del Ascensor

 

"Ay de ellos, porque siguieron el camino de Caín y se lanzaron al error de Balaam por recompensa, y perecieron en la rebelión de Coré." (Judas 1:11)

El ascensor crujió con un gemido metálico mientras ascendía por los pisos del antiguo edificio, un coloso de piedra ennegrecida por los años. Samuel ajustó su abrigo, sintiendo el aire gélido que parecía filtrarse incluso en ese espacio cerrado. Era un edificio que evitaba siempre que podía, con su arquitectura gótica que parecía mirar desde lo alto como un juez implacable. Pero esa noche, la tormenta lo había forzado a refugiarse en ese lugar y a aceptar su único transporte hacia la cima: el vetusto ascensor.

Cuando las puertas se cerraron, un extraño subió detrás de él. Era un hombre de rostro pálido y ojos profundos, con una sonrisa que no llegaba a sus labios. Vestía una chaqueta negra raída, y en sus manos llevaba un libro envejecido, de cubierta desgastada, como si lo hubiera leído miles de veces.

El ascensor comenzó su ascenso, pero pronto se detuvo entre pisos con un estremecimiento. Las luces parpadearon, y una penumbra inquietante llenó el espacio.

—No se preocupe —dijo el extraño con voz pausada, que resonaba como un eco en una iglesia vacía—. A veces, detenerse es necesario.

Samuel tragó saliva y asintió, intentando evitar la mirada del hombre. El silencio se prolongó, pero el extraño no parecía preocupado. Abrió su libro con parsimonia y comenzó a leer en voz alta:

—"Estos son manchas en vuestros ágapes, que sin temor alguno se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados."

Samuel reconoció el pasaje. Era del libro de Judas. La familiaridad de las palabras no le ofreció consuelo; al contrario, algo en el tono del extraño le erizó la piel.

—¿Es usted creyente? —preguntó el hombre, alzando la vista hacia Samuel.

—Fui... alguna vez. —Samuel desvió la mirada, incómodo—. Pero no sé si aún lo soy.

El extraño asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. Cerró el libro y lo sostuvo con ambas manos, como un juez sostendría un acta condenatoria.

—Es curioso cómo la fe es como este ascensor. A veces sube, otras veces se detiene, y con frecuencia parece que no lleva a ninguna parte. Pero, al final, todo depende de quién lo maneje.

Las palabras resonaron en la mente de Samuel. No pudo evitar pensar en los errores de su vida, en las veces que había elegido el camino fácil, el egoísta, dejando a otros sufrir por sus decisiones. Había traicionado amigos, abandonado responsabilidades, y, sobre todo, se había apartado de la luz de Dios, seducido por placeres efímeros.

El ascensor crujió nuevamente, como si una fuerza invisible lo empujara hacia adelante. Las luces volvieron a parpadear, pero esta vez, Samuel notó algo extraño. Las paredes parecían más altas, más oscuras, cubiertas de inscripciones apenas visibles. Una figura, como una sombra alargada, parecía danzar al ritmo de los destellos.

El extraño continuó:

—"A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aún la ropa contaminada por su carne."

Samuel sintió que sus manos temblaban. Las palabras parecían dirigidas directamente a él. No podía huir de ese espacio ni de esa mirada penetrante. Fue entonces cuando el hombre habló, con una voz que se tornó más grave, como un eco profundo:

—Has caminado demasiado tiempo entre las nubes sin agua. Pero aún hay tiempo. Incluso Judas tuvo su elección. Incluso tú puedes elegir.

Las puertas del ascensor se abrieron de repente. Samuel estaba de pie en el vestíbulo del último piso. El extraño ya no estaba, pero el libro había quedado en el suelo. Lo levantó con manos temblorosas y leyó las últimas palabras destacadas en una página en las que se podían leer: "...al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre, ahora y por todos los siglos... amén, amén, amén."

Desde ese día, Samuel nunca volvió a ignorar su fe, acrecentandola desde la oración, la celebración de los sacramentos y la comunión eclesial. Entendió que, como en el ascensor, la vida podía detenerse en cualquier momento, pero siempre habría un extraño dispuesto a recordarle que la misericordia divina estaba al alcance de quien quisiera aceptarla.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escucha, unidad y Espíritu: siete réplicas tomistas a León XIV

La homilía del Papa León XIV en la apertura del Capítulo General de los agustinos (1 de septiembre de 2025) ha dejado frases luminosas: escu...